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Un mal necesario

25 enero, 2011 Deja un comentario

Un mal necesario

Recién inaugurado el milenio, en marzo de 2000, el Índice Nasdaq llegó a cotizar por encima de los 5000 puntos. En octubre de 2002, la cotización se había desplomado hasta los 1300 puntos, situándose en valores similares a los del año 1996. Este periodo de recesión es de sobras conocido en el sector tecnológico como la “crisis de las puntocom” o  el estallido de la burbuja tecnológica. No es objeto de mi aportación profundizar en las causas que “hincharon” dicha burbuja, pero sí mencionar sus consecuencias.

Despertares

A partir de 2002, el abrupto despertar del sueño puntocom provocó que la inversión en tecnología fuese acompañada de una nueva estrategia de inversión fundamentada en una planificación más exhaustiva y realista, teniendo mucho más presentes factores como el retorno de la inversión en un plazo razonable, un control más férreo de gestión y procesos y una especial atención al alineamiento estratégico de los desarrollos tecnológicos con el ámbito de negocio de las organizaciones. Aplicando la filosofía popular, puede decirse que nadie escarmienta en cabeza ajena, pero los devastadores efectos del espejismo tecnológico fueron un mal necesario, la MALA suerte del principiante, pero también las semillas de una lección aprendida, corregida y reenfocada en aras de un nuevo rol de las TIC en las organizaciones: innovación sí, pero al servicio de la efectividad, que resulta de la combinación lo más  equilibrada posible entre eficacia y eficiencia.

En este sentido, el estudio publicado por EBCenter en 2005 “Las TIC como agente de cambio en la empresa española. Situación actual y tendencias de futuro” menciona que un 55% de las empresas afirmaba por aquel entonces haber reducido sus costes en comunicación interna y en Recursos Humanos (un 42%), frente a un incremento del 49% de la inversión en TIC y un 47% en servicios de consultoría y colaboración. El resultado, obviamente, no fue proporcional a las expectativas presumiblemente depositadas en dicho porcentaje de inversiones tecnológicas.

 

Otros datos significativos del artículo aluden al impacto de las TIC en el organigrama: el 33% de las empresas considera que las TIC no han eliminado los mandos intermedios y un 38% niega que su organización sea más plana. Respecto a la estrategia empresarial, destacan el creciente interés en el conocimiento de los productos de la competencia y en conocer asimismo la satisfacción del cliente, algo que hoy en día, cinco años más tarde, vemos obvio y natural para cualquier empresa que quiera resultar competitiva y (sí) efectiva en su mercado.

Para realizar una aportación coherente, es importante mencionar la matriz de beneficio/ beneficiario de Cyrus Gibson y Michael Hammer, basada en  la hipótesis de las etapas evolutivas de los SI en la organización planteada por Richard Nolan, y en la que se explica el modelo evolutivo de los SI a través de diferentes etapas.

Al yuxtaponer las reflexiones del artículo en la matriz mencionada, vemos que las empresas realizan (o realizaban) sus inversiones en materia de TIC de un modo más cauto (probablemente por lecciones aprendidas) priorizando eficiencia y eficacia en individuos y departamentos funcionales como puedan ser la mecanización de tareas, mejoras funcionales, automatización de procesos, etc., desplazando la transformación (efectividad) que pudieran proporcionar  las TIC hacia un medio plazo. De hecho, podemos comprobar cómo la innovación en productos o ámbitos de negocio se mantenía sin cambios significativos.

Actualmente, creo que ese giro hacia la prudencia y la racionalización, tanto en inversiones como en expectativas (objetivos, resultados) ya es un hecho consumado. Las empresas ya están adaptándose a la Web 2.0, implementando herramientas de colaboración y portales, posicionándose estratégicamente en las redes sociales,  generando nuevos perfiles profesionales (Community Manager) y, en definitiva, incidiendo en la efectividad de la organización a través de la innovación de productos y servicios.