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Si yo hubiera inventado..

11 mayo, 2010

“En el imaginario popular, los artistas han de vivir del aire y por amor al arte. Sobre esta creencia se ha sustentado una brutal campaña contra los derechos de autor y la propiedad intelectual” Antonio Tello (cuadernodenotasdeat.blogspot.com)

A muchos de nosotros nos ha venido alguna vez a la cabeza el típico pensamiento de “Si yo hubiera inventado…”. Generalmente, asociamos esos ‘inventos’ a algo físico, es decir, la escoba, la televisión, la fregona, etc. Este sueño no descartable nos aportaría unos ingresos en función de las ventas realizadas del objeto, unas ventas que, en el caso de la escoba, hubiesen sido más que suficientes para vivir holgadamente.

La inquietud “inventora” puede venir motivada por dos factores principales: por un lado, el propio estímulo que representa para una persona la creación o la invención de algo en favor (se supone) del progreso, la evolución o la mejora de la calidad de vida. Por otra parte, están los ingresos que nos reportaría tal creación. Para lograr cualquiera de estos dos objetivos, o idealmente ambos, el primer e imprescindible requerimiento (después del invento propiamente dicho) consiste en demostrar que la creación es obra de uno mismo, de este modo quedaremos amparados por la Ley de Propiedad Industrial. En este caso, tenemos una idea que se ha materializado en algo tangible, en un objeto, pero… ¿Qué ocurre cuando nos hallamos ante una obra intangible?

Al amparo de este supuesto se desarrolla la Ley de Propiedad Intelectual (LPI), cuyo objetivo es velar por los derechos del autor. Concretamente, la LPI “protege las creaciones originales producto del intelecto cuyas plusvalías les corresponde a los autores de las mismas por el mero hecho de crearlas”. No debemos olvidar que cuando hablamos de evolución también hablamos de cultura, de arte, de música, de conceptos que en la sociedad actual han pasado a tener un papel determinante para la masa social, debido a la evolución en sus formas de explotación y en sus medios de almacenamiento y distribución.

Las innovaciones y herramientas de progreso propias de la sociedad de la información han fomentado una serie de actitudes que propugnan la cultura libre y el derecho a la información, bajo la falsa creencia de que la cultura debe ser accesible para todo el mundo, difundida sin restricciones y sin ningún coste para su público o audiencia. Sin embargo, esta forma de pensamiento debe diferenciar los derechos morales del autor de los derechos de explotación  (reproducción, distribución, comunicación pública, transformación), que son los que el propio autor cede a terceros (productoras, editoriales…) para que su obra se promociones, se distribuya, llegue a nuestras manos y, de este modo, el autor reciba su ‘sueldo’. En nuestra avanzada sociedad tecnológica, el actual modelo de gestión de estos ‘terceros’ debe revisarse y actualizarse para satisfacer la demanda del público, sin que ello suponga un menoscabo para el beneficio del autor ni un factor de deterioro de la cultura, que comporte la desaparición progresiva de las profesiones vinculadas.

Fuentes:

http://cuadernodenotasdeat.blogspot.com/

http://peca-estatuto.blogspot.com/

http://culturalibre.org/

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